El discurso de Cristina Kirchner del pasado viernes en el estadio del club Vélez Sarsfield fue, sin dudas, el más aburrido y el más repetitivo de cuantos se le escuchan casi a diario. No formuló ningún anuncio. Se limitó a reseñar su visión exitosa de cuanto hizo, no hizo o deshizo la continuidad de gobierno entre su fallecido marido y ella misma…
…Y fue así, no porque Cristina perdiese sus dotes de oradora, que tampoco son muchas pero que sobresalen frente al vacío político de sus eventuales contendientes, ni porque no supiese cuanto decir. Fue así porque la importancia del acto radicaba en la concurrencia. Mejor dicho, en la selectividad de la concurrencia.
Completar un estadio de fútbol no es una proeza cuando se detenta el gobierno, se pagan altos salarios a los partidarios y se gastan recursos públicos en micros y cotillón.
De allí que urgar entre las pocas cosas que dijo Cristina Kirchner o reconocer la capacidad movilizatoria de la convocatoria resultan, a nuestro juicio, caminos errados para analizar el hecho.
Es que el objetivo del acto fue otro. Fue la fundación del kirchnerismo como partido político. Por tanto, lo importante surgía de saber quién estaba presente y quién no. Quién quedaba adentro y quién afuera.
Hasta tuvo un agregado: la posibilidad de designar un heredero.
